Johann Joseph Fux · sección 32 de 32
Sobre el estilo recitativo
Lee y escucha esta sección en la edición reproducible →El estilo recitativo no es otra cosa que el habla expresada en giros musicales, o una elocución oratoria. Del mismo modo que el declamador, según la clase de discurso, varía también variadamente la voz, ya intensificándola, ya aflojándola, ya elevándola, ya abatiéndola, procurando infundir el carácter del afecto que ha concebido en la mente, así debe hacer el compositor de música según la variedad del texto. En el recitativo cercano al habla cotidiana, la música debe disponerse con la voz algo contenida. En la contención se emplea una voz aguda, a veces semejante a un grito, con frecuentes cambios de bajo. A un texto que respire dignidad debe aplicarse una música llena de gravedad, con pocos cambios de bajo, lo cual conviene sobre todo al estilo eclesiástico, en el que no rara vez se emplea con instrumentos. Por ejemplo:

Señor, no me reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira. Ten piedad de mí, Señor, porque soy débil. Sáname, Señor, porque mis huesos están conturbados.




Joseph. ¿Qué veo? Parece que la concordancia de los instrumentos, sobre todo en los casos que implican disonancias, se aparta por completo de las reglas del contrapunto.
Aloysius. Digo que esta desviación ha de concederse a la naturaleza del recitativo, en el que, puesto que el bajo no se mueve del modo en que suelen resolverse las disonancias, tampoco puede darse el tratamiento acostumbrado. Además, en este estilo se atiende menos a la concordancia exacta que a la expresión de los afectos, en gracia de la cual fue introducido. Poco más o menos así, o algo distinto según el texto, puede disponerse el recitativo, cuando derramamos nuestro afecto hacia Dios en oración suplicante. En cuanto a la música profana, es decir, la de cámara y la teatral, la razón enseña que, siendo su fin distinto, también debe tratarse de manera distinta.
Se dispone, pues, la música profana con el fin de recrear el ánimo de los oyentes y de arrastrarlos hacia afectos diversos. Los afectos que suelen expresarse en el recitativo son, en general, estos: ira, compasión, miedo, fuerza, aflicción, placer y amor.
La ira se expresa mediante una manera de voz excitada, que tiende hacia lo agudo, y, si es más vehemente, con una especie de clamor expresado con voz entrecortada; esto se logra con figuras de nota más pequeñas, que ascienden casi siempre hacia lo agudo, y con cambios frecuentes del bajo. En este asunto importa mucho atender a la condición de la persona airada: si es un rey, no caerá en absoluto en gritos afeminados, sino que, conservando la dignidad de la majestad, manifestará su indignación con gravedad regia; y la misma consideración ha de tenerse en todos los demás afectos.
La compasión exige una voz plañidera, a veces interrumpida, que parece expresarse mediante figuras más largas, y a menudo disonantes, mientras el bajo permanece en el mismo lugar durante un tiempo más prolongado.
El miedo pide una voz apagada, vacilante.
La fuerza se presenta con una voz vehemente e intensa, reforzada con cierta gravedad.
El placer emplea una manera de voz fluida, pero suave y relajada.
El afecto del amor se expresa con una voz halagüeña, tierna y afectuosa. Y puesto que al amor no rara vez lo acompañan también otros afectos, ha de tenerse en cuenta también, y en gran medida, la consideración de estos.
Además deben observarse con exactitud las siguientes divisiones del discurso: la coma, los dos puntos, el punto y coma, el punto, el signo de interrogación, el de admiración y el paréntesis; a casi cada uno de ellos ha de asignársele una terminación particular.
Si una coma requiere una terminación, se hará del siguiente modo. Por ejemplo:

Con casi la misma música se marca el punto y coma. La coma, muy a menudo, se continúa sin interrupción, como cuando el sentido del texto exige que se enuncie con cierta precipitación.
Los dos puntos generalmente terminan del siguiente modo.

Del mismo modo se marca el punto, si el período y la oración han terminado, pero el discurso continúa no obstante sobre el mismo asunto; pero si se introduce un discurso enteramente distinto, debe emplearse una cadencia formal, aunque generalmente truncada. Por ejemplo:

Pero si el discurso ha de terminar, debe disponerse del siguiente modo.

El signo de interrogación se expresa también de manera variada según el sentido variable del discurso. Por ejemplo:

Un signo de admiración, o de exclamación, se indica generalmente del siguiente modo.

Un período separado por paréntesis, en el cual se supone generalmente que el discurso se dirige solo al público, de modo que los demás actores no lo perciban, debe pronunciarse con voz más contenida. Pero todo esto se aprende más por el juicio, la práctica y la observación de las obras de autores aprobados que por los preceptos.
Joseph. Esto en cuanto al recitativo. ¿Qué precepto das para componer arias, como comúnmente decimos?
Aloysius. ¿Qué regla fija podría yo establecer para una música de invención libre, sujeta a cambio casi cada cinco años? Este afán de novedad, ciertamente, en modo alguno lo censuro, sino que lo ensalzo con los mayores elogios. Pues si un hombre de edad madura anduviera hoy vestido con la ropa que se usaba hace cincuenta o sesenta años, ciertamente se expondría al peligro del ridículo. Así también la música debe adaptarse a su tiempo. Sin embargo, nunca he visto ni oído hablar de un sastre, por más entregado que estuviera al afán de novedad, que hubiera puesto las mangas de una túnica en el muslo o en las rodillas; ni jamás se ha encontrado un arquitecto tan necio que hubiera colocado el cimiento de un edificio en el tejado. Y sin embargo esto es lo que vemos y oímos con frecuencia en la música, no sin dolor de quien entiende y sin descrédito del arte: invertidos los preceptos de la naturaleza y del arte, el fundamento, empujado fuera de su lugar propio, se ve forzado hacia lo alto, mientras se rebajan las demás partes, sin tener en cuenta el fundamento. Por lo cual tú, Joseph, en su momento dedicarás todas tus fuerzas a la novedad y a la invención, pero sin derribar nunca las reglas del arte, que imita y perfecciona la naturaleza, y en absoluto la destruye.
Cuando todo esto, Joseph, se haya convertido en hábito y en facilidad mediante el ejercicio diligente, espero que nada te falte para alcanzar la fama de un compositor excelente.
Joseph. Me parece, venerado Maestro, que estás a punto de dar fin a la obra.
Aloysius. Así es, en efecto. ¿No adviertes el entumecimiento y la languidez que suelen ser los avisos previos de mi próxima enfermedad, a saber, la gota? Sabes además que estoy ya tan quebrantado, tanto por los años como por una enfermedad casi nunca interrumpida, que, si el mal me atacara con su acostumbrada acritud y me tuviera, como suele, por espacio de seis meses, no sería vano el temor que entraría en mi ánimo de que esta vez no pudiera superarlo. Por ello, para que esta pequeña obra, además de sus demás imperfecciones, no careciera también de un final, le pongo fin aquí.
Joseph. ¿Entonces no enseñarás nada acerca de la composición para un número mayor de voces?
Aloysius. Ciertamente tuve la intención de incluir en esta misma obra un tratado sobre la composición para un número mayor de voces. Pero interrumpido, como ves, por mi salud, y ya postrado en el lecho, cumpliré esto más adelante, publicando un tratado aparte, si a Dios, tres veces óptimo y máximo, le pareciere bien prolongarme la vida y concederme las fuerzas; con cuya ayuda podrás aprender lo que resta por saber sin la voz viva de un maestro. Entre tanto, quisiera que estuvieras persuadido de que quien tiene la capacidad de realizar una composición a cuatro voces completa y perfecta ya tiene abierto el camino hacia la composición para más partes: pues, al crecer el número de voces, se relaja algo el rigor de las reglas. Adiós, y ruega a Dios por mí.