Playable BooksREADING EDITIONS
Fux, Gradus ad Parnassum · Español

Johann Joseph Fux · sección 28 de 32

Sobre el gusto

Lee y escucha esta sección en la edición reproducible →

Apenas se oye conversación más frecuente que la que trata del gusto. Así oímos decir al italiano: «Egli è di buon gusto»; al francés: «Il a le goût parfaitement bon»; y al latino: «Est homo exquisiti gustus». Ojalá fuera tan fácil definir el gusto como afirmarlo. Aunque propiamente el gusto se atribuye solo al paladar, en sentido más amplio puede aplicarse a todo aquello en que exista una recta y selecta conveniencia de orden. Dejando de lado otras materias, para nuestro propósito el gusto ha de restringirse a la música y establecerse como doble: activo y pasivo. El activo es el que tiene el músico al cantar o tocar, del cual se ha hablado largamente más arriba. El pasivo es el que el oyente percibe a partir de la melodía. Pero ¿a quién constituiremos juez del gusto bueno y del depravado, puesto que, según el conocido proverbio, «a mí me agradan mis cosas, a ti las tuyas, y a cada uno las suyas»? Asimismo, «sobre gustos no hay disputa», y nadie debería ser juez en causa propia. De ahí que el rústico se deleite más con su propia tonadilla que con cualquier composición musical artificiosa. Por la misma razón cuenta el señor Bellegarde que hubo un hombre de no baja cuna que, ofendido por el canto de los ruiseñores y, por el contrario, maravillosamente deleitado por el croar de las ranas, hizo construirse una casa junto a un estanque muy apartado, no rodeado de árboles, para poder disfrutar de día y de noche de una música tan exquisita, a su juicio, mientras que la falta de árboles no dejaba lugar a los ruiseñores para permanecer allí y fatigarlo con su canto. ¿Qué te parece, Joseph, de la sublimidad del gusto de este hombre?

Original notation, labels, figures and analytical annotations retained without redrawing.
Fig. 454 · Verlo en el lector

Joseph. Creo que no sin razón podría ponerse esto en tela de juicio.

Aloysius. Escucha además uno o dos ejemplos de temeridad y de juicio necio, y el castigo que les siguió. Marsias, el orgulloso flautista, por excesiva estimación de sí mismo se atrevió a desafiar a Apolo a una contienda, y pagó su temeridad siendo despellejado. A Midas, rey de Frigia, por haber adjudicado el primer lugar al dios Pan en un certamen de canto con Apolo, se le alargaron las orejas hasta darles forma de asno. Estas son invenciones fabulosas de los poetas. Pero si el castigo de la falta fuera en nuestra época tan seguro como lo es la existencia de jueces del gusto verdaderamente temerarios y depravados, ¡cuántos veríamos andar sin piel, y cuántos con orejas de asno! No niego que, conforme a aquello de «a mí me agradan mis cosas», cada uno tenga libre albedrío para complacerse en lo que quiera, con tal de que no asuma el papel de juez, lo cual solo corresponde a quien tiene entendimiento y sabe distinguir lo común y trillado de lo más elevado y sublime, manteniendo el orden propio de las cosas y de la naturaleza. Escucha a Cicerón hablar sobre este asunto: «Los demás», dice, «cuando leen buenos discursos o poemas, aprueban a los oradores y a los poetas sin entender qué es lo que los mueve a aprobar, pues no pueden saber dónde está, ni qué es, ni de qué manera se hizo aquello que más les deleita». Se encuentran también algunos compositores modernos que, por afán de gusto y de novedad, se apartan del uso acostumbrado de las consonancias y las disonancias, trastornan todos los derechos y leyes del arte, y se lisonjean pensando que crean —lo cual solo corresponde a Dios Todopoderoso—, cuando en realidad la novedad de nuestro ingenio limitado no es otra cosa que la disposición de esas mismas consonancias y disonancias, ordenadas de una manera y de otra con recta razón. Digo, pues, que reclama con justicia el privilegio del buen gusto aquella composición que, apoyada en los preceptos, se abstiene de trivialidades y de extravagante insolencia, tiende a lo sublime, procede sin embargo con razón natural, y tiene el poder de proporcionar deleite incluso a los peritos en el arte.

Joseph. ¡Cuántas cosas diversas y difíciles exige tu definición!

Aloysius. No niego, Joseph, que alcanzar esto en todos sus aspectos no está al alcance de los principiantes, para quienes ni siquiera resulta tan fácil hallar primero los lugares comunes; ni se puede llegar allí si antes no se tienen a mano con soltura las cosas ordinarias. Puede que esto te sea posible a ti, Joseph, que hasta ahora has dado tan espléndidas muestras de tu progreso, y por ello me atreveré a explicar la definición parte por parte antes de tiempo.

Dije primero que la composición debe estar fundada en los preceptos. Pues una composición sin ley, aunque por lo demás posea una idea poco común y sea capaz de hacer cosquillas a los oídos de los inexpertos, no satisfará gran cosa el gusto delicado de los peritos en el arte, que desean, además de una idea exquisita, también la regularidad. Se dijo también, y se advirtió, que el compositor no debe tomar conceptos bajos y ordinarios que, por su trivialidad, traigan hastío en lugar de deleite, sino que, buscando la novedad, debe apuntar a la sublimidad. Por el contrario, el compositor no debe dejarse seducir por el afán de novedad hasta concebir ideas que excedan la naturaleza y el orden de las cosas, y que sean excesivamente difíciles de cantar o de tocar, sin satisfacer ni a los intérpretes ni a los oyentes: no a los intérpretes, por la dificultad de ejecutarlas; no a los oyentes, porque composiciones de este tipo, que exceden la razón natural, quedan prendidas en los oídos, pero nunca llegan a penetrar hasta el ánimo.

Joseph. No exiges poca cosa, Maestro, al prohibir lo vulgar y exigir a la vez lo sublime e insólito, y sin embargo natural.

Aloysius. Así es, en efecto. Pues presentar al oído algo fácil y natural, y sin embargo no vulgar, no es tan sencillo; de ahí que se haya convertido en proverbio corriente: «lo fácil es difícil». Pero en esta difícil facilidad se apoya la excelencia del buen gusto, y su condimento. No padece la misma dificultad para inventar algo nuevo e insólito quien, cuidándose solo de la novedad, invierte el orden de las cosas y de la naturaleza. Pero ¿de qué manera alcanzará por ese camino la meta del buen gusto? No negaré que gran parte del buen gusto depende del genio y del talento de cada compositor; pero influencias de este tipo, no por ello faltas de encanto en sí mismas, han de contenerse dentro de los límites de la naturaleza, del orden y de las leyes, para que alcancen, no sin merecerlo, la condición de un gusto justo.

Joseph. ¿Qué ocurre si la corrupción de los tiempos y la costumbre del gusto pervertido se han impuesto de tal modo que el compositor no puede oponérseles, como a un torrente, sin daño de su reputación y de su sustento?

Aloysius. Quien ha sido favorecido por la fortuna, y se deleita más con el grano que con la espiga, no tiene de qué preocuparse ni razón alguna para apartarse de la recta razón. Si las circunstancias son otras, conténtese con su propia virtud, y fortalézcase con la enseñanza del sapientísimo Séneca, quien habla de la providencia a su manera, no a la cristiana: «Del mismo modo que tantos ríos, tanta lluvia derramada desde lo alto, y la fuerza de tantas fuentes medicinales, no cambian el sabor del mar ni siquiera lo atenúan, así el embate de la adversidad no altera el ánimo del hombre valeroso. Permanece firme en su estado, y trae a su propio color cuanto acontece». Sé bien que esto atañe a la vida moral; pero también quien conserva sin mancha las ciencias y las artes tiene su propia virtud.

Puesto que diferentes clases y estilos de composición exigen también un gusto distinto, hemos de tratar primero de la diversidad de estilo, sobre todo porque todo nuestro trabajo tiende principalmente a ello.