Johann Joseph Fux · sección 29 de 32
Sobre el estilo eclesiástico
Lee y escucha esta sección en la edición reproducible →Así como las cosas sagradas superan en dignidad a las profanas, creo que nadie dudará de que la música consagrada al culto divino y destinada a perdurar eternamente ocupa, con mucho, el primer lugar en nobleza, y que por ello nuestro esfuerzo principal debe dedicarse a ella. Y puesto que Dios es la perfección suma, conviene que la música orientada a su alabanza esté completa en todo el rigor y perfección de las reglas, en la medida en que lo permita la imperfección humana, y provista de todos los medios aptos para suscitar devoción. Aun cuando la expresión del texto exija cierta alegría, ha de cuidarse que la música no se vea privada de gravedad, modestia y decoro eclesiásticos, con lo cual los oyentes se verían arrastrados hacia afectos distintos de la devoción. Ante todo debe procurarse ajustar al texto una música apropiada, clara, expresiva, no incómoda para el cantor, y fácil de articular. Esto se logrará si el compositor se abstiene de ajustar figuras demasiado pequeñas a las palabras: sería distinto si hubiera de prolongarse una vocal sin pronunciar palabra alguna, caso en el cual las diminuciones tendrán lugar según la habilidad del cantor. Para lograr todo esto, el compositor imita al sastre diestro en su arte, que mide con exactitud cada articulación del cuerpo, su longitud y anchura, para hacer una prenda que le convenga lo más ajustadamente posible: así el músico debe vestir el texto, teniendo en cuenta su significado y su afecto, de modo que la música ajustada al sentido de las palabras parezca no solo cantar, sino también persuadir hablando. Además, según varía el texto, varían también los métodos del estilo eclesiástico: uno ha de seguirse al componer misas, otro en motetes, otro en salmos, otro en himnos, etcétera. Todos estos métodos pueden referirse a dos géneros de estilo: el estilo a capela, o de coro pleno, y el estilo mixto. Comenzaremos a tratar del primero, es decir, del estilo a capela, por ser más digno por su antigüedad.