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Schoenberg, Tratado de armonía · Español

Arnold Schoenberg · sección 32 de 66

El acorde de cuarta y sexta en la cadencia

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Las cadencias pueden ampliarse aún más insertando el grado I antes del grado V (es decir, después de IV o II). La forma original de esto pudo ser la cadencia I–V–I, que llamamos (página 160) la primera y más sencilla cadencia.

96.
Fig. 134 · Verlo en el lector

Pero esto también se explica de otra manera, a saber: IV–V–I.

97.
Fig. 135 · Verlo en el lector

Cuando debe llegar V, Do queda suspendido (como un adorno), y Fa pasa (también como un adorno) por Mi hasta Re. La, en cambio, va inmediatamente a su sitio pasando al Sol que pertenece al acorde. Mi es, por tanto, una nota de paso; la forma en que Do demora su paso a Si, se vuelve disonancia y debe resolver se llama retardo. Más sobre esto después. Esta interpretación tiene mucho a su favor. Sin embargo, me parece probable que, aunque cualquiera de las dos vías mostradas pudiera haber producido por sí sola el acorde de cuarta y sexta, fuera la unión de ambas ideas la que condujo a esta forma de cadencia. En el primer caso (96) basta reconocer que Do, que aparece dos veces en el bajo, es una repetición desagradable que puede remediarse mediante una inversión. El acorde de sexta podría estar allí igualmente, y a veces ocurre. Pero el acorde de cuarta y sexta, que al fin y al cabo se consideraba una especie de disonancia que debía resolver y que gusta de resolver en el grado V, es más adecuado, porque casi obliga a lo que el acorde de sexta solo permite. Pero la otra manera de verlo también es convincente. El retardo crea tensión, y la resolución hace justicia a esa tensión; la resolución se produce en el acorde adecuado al propósito, cuya llegada, mediante una preparación tan cuidadosa, adquiere apariencia de necesidad y suscita así una sensación intensificada de satisfacción.

98. a) b) c) d) e)
Fig. 136 · Verlo en el lector

Se citan aquí algunas formas de utilizar el acorde de cuarta y sexta que también muestran que la derivación según la cual surge por movimiento de paso y retardo no basta por sí sola como explicación (98b, c y d). En 98b no puede hablarse de un Do retardado, porque falta la resolución que necesita esta explicación (en el tenor). Tampoco de un Mi de paso, porque Mi asciende a Sol. En 98c sí se produce el retardo, pero no el movimiento de paso; lo mismo en 98d. Pero si se piensa en la otra explicación, el acorde de cuarta y sexta se entiende fácilmente. Para juzgar las progresiones de fundamentales, la cuestión del origen es indiferente. Si se toma como retardo y movimiento de paso, entonces (puesto que aquí el acorde de cuarta y sexta no debe contarse como fenómeno independiente) resultan estos números de grado: IV (I⁴₆)–V–I o II (I⁴₆)–V–I o VI (I⁴₆)–V–I, es decir, solo progresiones fuertes. Pero si el acorde de cuarta y sexta se toma como I, el resultado es IV–I–V–I; II–I–V–I; VI–I–V–I, donde hay muchas progresiones descendentes. Sin embargo, esto se compensa con el carácter casi disonante del acorde de cuarta y sexta. Si se supone que el efecto familiar de esta forma del acorde de cuarta y sexta permite prescindir de su origen e insertarlo como tópico incluso cuando lo precedente no es exactamente lo que exigiría su origen, sino solo semejante, también se explica la libertad mostrada en 99, donde incluso se llega por salto al acorde de cuarta y sexta desde el grado II en estado fundamental: una forma de cierre muy común.

99.
Fig. 137 · Verlo en el lector

Para evitar la monotonía producida por la permanencia de Sol (que, por cierto, no es muy peligrosa), a menudo se permite al bajo cambiar de registro mediante un salto de octava.

He mencionado repetidamente que el acorde de cuarta y sexta ocupa una posición peculiar y he mostrado que debemos dejar abierto si debe esta posición a su constitución o a la convención. Esta posición, de la que tanto se ha hablado, es precisamente la que se acaba de mostrar: su posición en la cadencia como contención, como freno, por así decirlo, antes de la aparición del acorde de dominante (con séptima). Como esta forma ha adquirido el efecto de un tópico cuya cita despierta la expectativa de una continuación determinada, es evidente por qué tal acorde debe tratarse con cautela en los casos en que no tiene estas consecuencias: precisamente porque debe evitarse la aparición de la continuación esperada, y la decepción que esto provoca podría conducir fácilmente a desigualdades. Ciertamente, tales desigualdades pueden tener su encanto; pero son efectos a los que el alumno todavía no puede aspirar.