El principio recién nombrado solo es relativamente nuevo para nosotros. No obstante, no quiero omitir su formulación aquí de este modo, pues puede aclarar muchas cosas. Hemos tratado a menudo el efecto del cliché, de la fórmula: los giros frecuentes se convierten en formaciones fijas de significado inequívoco. Tan inequívoco que, al sonar el comienzo, la expectativa se ajusta inmediata y automáticamente a la continuación concreta: la fórmula conduce inevitablemente a un resultado determinado. Así, pueden omitirse los eslabones intermedios, colocarse abruptamente juntos principio y final, «abreviarse», por así decirlo, el giro entero y presentarlo simplemente como premisa y conclusión. La progresión cadencial IV–V quizá sea ya una abreviación de este tipo: antes mencioné que se comprende mejor como sustituto de IV–II–V. Asimismo, el tratamiento de la sexta napolitana que conduce directamente a V es una abreviación semejante.
Quizá los cierres plagales sean algo semejante. Tal vez suenen incompletos precisamente porque se ha omitido algo: IV–I y II–I sustituyen a IV–V–I y II–V–I. El mismo principio subyace al Ejemplo 295a, que aparece en cadencias o semicadencias y surgió de 295b.